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El llanto prolongado de Erick bajo la lluvia


Martes, 03 febrero 2009 00:00
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“Fue la última vez que lloró”, reseña lapidaria una entrevista a una de las niñeras acerca de las últimas horas del niño Erick Amaya, fallecido al interior del ISNA en agosto pasado, específicamente en el área de cunas del Centro Infantil de Protección Inmediata (CIPI). Esa última vez que lloró, Erick tenía un año y siete meses de edad, un día de no comer y dos de haber sido sacado de su hogar, en San Francisco Chinameca, La Paz.

El relato, reconstruido a trozos por multiplicidad de voces —incluidas las de las ocho acusadas por la Fiscalía, el viernes pasado en el Juzgado Noveno de Paz de San Salvador —, retoma el caso desde que seis niños, Erick y sus cinco hermanos, fueron remitidos por la PNC desde su hogar hacia la delegación de San Francisco Chinameca.

A través de las entrevistas se devela algo que nada más se había sospechado: que no existía médico de turno ese día, el 19 de agosto de 2008, cuando los niños llegaron al ISNA junto con su madre. Según uno de los testigos, el doctor había “pedido permiso” por esa tarde.

Aunque los niños fueron revisados por enfermeras, no se formalizó un chequeo exhaustivo. “No tenía mocos, ni tosía, ni tenía calentura”, palabras plasmadas por una de las hermanas de Erick.

Casi 24 horas después, el médico Ismael Calderón reclamaba a las niñeras que “cómo era posible” que Erick estuviera “destapado” cuando el diminuto cuerpo estaba rígido ya, sin latidos. Según una de las entrevistas, la última vez que el niño lloró fue entre las 4 y las 5 de la mañana del 20 de agosto, el día que murió, porque se había ensuciado en su pañal. Sus piernas, reseña la entrevista, quedaron sin pijama y con el edredón a un lado “porque aun teniendo la pijama lo aventaba (la sábana)”, dijo una de las niñeras.

Erick murió de una bronconeumonía y de desnutrición grado tres, de acuerdo al Instituto de Medicina Legal.

Calderón declaró que ese 20 de agosto se había quejado del “descuido” de las niñeras del área de lactantes: “los llevan escaldados” y hasta mal aseados, señaló el médico a la directora del CIPI, Ena Elizabeth Álvarez.

El desaseo y la humedad han sido coincidente entre varios testigos. Los seis niños y su madre soportaron aguacero en la cama de un pick up policial antes de llegar al ISNA, el 19 de agosto. Soportaron, también, la hambruna de quedarse sin almuerzo, ya que llegaron después del mediodía al ISNA, y probaron bocado hasta el refrigerio, alrededor de las 2:30 de la tarde: un fresco y una galleta. Los hermanos de Erick, al menos.

Varias entrevistas plasman que el niño “no quiso comer”, ni el refrigerio, ni la cena, ni las pachas nocturnas. Y lloraba. Todos los testigos coinciden en que lloraba. Hasta las madres adolescentes que declararon y que cuidaban a sus bebés a escasos metros de donde estaba Erick.

Esa es una punta de lanza de la Fiscalía en su requerimiento: que parezca “normal” que un bebé no pare de llorar durante toda una tarde y una noche.

Afuera se quedó el motorista de turno del ISNA, que traslada a los niños cuando las emergencias surgen. Y adentro se quedó Erick, con su último llanto, en una cuna extraña, con hambre y con frío.

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